Sunday, October 01, 2006

de rojo inesperado


Uno de octubre, un nuevo mes, nuevos y más leves atardeceres. Nuevas noticias, días inexperados. Van Gogh se autorretrató a sí mismo y su retrato sigue siendo hoy revelador. Pelirrojo, ojos menudos, "domine cabra" a la alemana, hoy de actualidad más que nunca.
Hace unos días recibí noticias de la visita a nuestro show room de una pareja de futuros recién casados, anhelantes de hogar, en busca de telas con que vestir el nidito de amor. La pareja pasó desapercibida a mis ojos, yo misma pasaba por allí, les saludé sonriente, y como a un par de desconocidos más, se almacenaron en mi memoria, para pasar a ese baúl de recortes memorísticos aleatorios que nuestra mente posee, y que inesperadamente, a veces, toman vida para formar parte de algún episodio presente, más que novedoso.
Días más tarde, como un virus medieval, la empresa adolecía de bajas personales, estómago, dolores, infecciones, resfriados... el personal se marchaba durante un tiempo para reponer sus no muy saludables cuerpos, al parecer. Esperamos ansiosos su repuesta salud y su vuelta a casa y al trabajo. Pues bien, a tono con las bajas, el trabajo se multiplica y toca cubrir huecos. En mi caso, un par de días cambié la contabilidad, los bancos y el todopoderoso IVA para reunirme una vez más con las telas, mi segunda piel, 24 horas rodeada de seda y mi adorado terciopelo. Entre tanto, los clientes iban y venían y entre ellos, la pareja semiolvidada, semisaludada. Les reconocí por la galopante alopecia del caballero.
Cuando acariciaba el terciopelo color hielo que pretendía venderles para el despacho del nidito, el joven, que, aún calvo, no parecía superar los treinta, me miró fijamente a los ojos, y me llamó por mi nombre, asentí sorprendida y rápidamente le pregunté cómo lo sabía. Yo no lo había visto nunca, y sin embargo, él me conocía. "Efectivamente, me llamo Majo" respondí, y a continución, el dijo, eres María José Caracuel, y la dueña de todo esto.
Todo tomó sentido cuando fugazmente recordé el nombre del curioso cliente, se llamaba Samuel, así se había presentado cuando al principio había anotado sus datos para la venta. Un nombre no demasiado común, y un tanto sugerente cuando me confirmó su procedencia: un pueblo cercano, cuyo nombre empieza por "a" y acaba por "ar".
No podía creerlo. Era él, el de siempre, aquel personajillo pelirrojo, de gafas menudas encajadas en sus diminutos ojos. Pero, sin embargo, no lo parecía. Consciente de su antiestético aspecto anterior, había decidido mudar la piel, suprimir la decadente y rojiza cabellera por un rapado total, las gafas ya no estaban, sobrevivía a los objetos, ahora desdibujados para él por falta de unas cómodas lentillas y arrugaba su vista a cada paso para reconocer los contornos de lo que no estaba muy lejos de su nariz. Y..., había engordado, nada quedaba ya de aquel pequeño saltamontes escualido, parece que hubiera ingerido ingentes nutrientes por día y estos relucían en unos brazos y estómago más lustrosos.
No tuvo reparo en explicarme sus andadas cuando comprobó que ya estaba actualizado en mi memoria. El ex novio de mi amiga A.Y. resulgía del pasado cual ave fénix.
La actualizada novia, sin embargo, fingía una sonrisa comprensiva y a la altura de los tiempos, aunque no era dificil entender que aquella conversación incipiente le molestaba. Sálían a relucir antiguos amores, antiguos rencores, relatos amorosos, que no sé por qué en algunas parejas, así pasen veinte años, se mantienen vivos, como si hubiesen ocurrido el pasado sábado.
El reconoció que sabía mucho de mí por narraciones en tercera persona, en mi caso ocurría de igual modo, conocía sus andanzas al milímetro por los confidenciales comentarios de mi amiga. El tal pelirrojo, aunque feo se creía casi Prometeo, y así había sido siempre, un Don Juan muy moderno, tanto que podríamos calificarlo de un valor surrealista o, mejor dicho, cubista.
Parece que él no tenía problemas en descargar su pasado una vez más y relataba episodios a los oídos de la futura esposa, de una futura esposa a la que por segundos se le agríaba la fantástica tarde de compras con aquel encuentro inesperado. En los ojos de la dama se reproducían temores, y la seguridad con la que llegó se desvaneció en leves suspiros y sonrisas de y por compromiso.
El tema era cargante, por el lucimiento personal del caballerete y por el mal trago de la señora. La actitud cambió y de un"cariño, lo que tú elijas está bien", pasó a un "me gusta esto y punto", sin más.
Parece que hay veces que abrir el baúl de los recuerdos no es tan aconsejable como Karina cantaba en su día, el pasado toma vida, y todos los elementos nuevos que ahora viven y antes no existían, sufren de repentinos ataques de incomodidad y se ven sobrecogidos por aquel famoso y harto conocido monstruo verde de los celos.
Como periodista, confirmo que mi narración es fidedigna y no me he dejado llevar por el cariño hacia mi amiga, ni por el desprecio hacia el pelirrojo. Objetivamente confirmo, que esa nueva relación se mueve por el autoritarismo cobrizo y que la futura esposa no es más alta de un metro cincuenta, y que sus patas de gallo son demasiado visibles para su edad, junto con un rubio de mechas verdosas nada favorecedor.
Y ahora, de nuevo en el presente, animo a todos mis lectores y lectoras a que entiendan mis palabras como un canto al "carpe diem", cierren las novelas leídas y pasadas y se dediquen a vivir el presente, que, aunque a veces no la parezca, se muestra increíblemente interesante.

3 comments:

deke said...

Efectivamente, la vida da vueltas y vueltas...
En este tiovivo unos se sientan en el caballo que sube y baja, otros se apresuran a encaramarse en la carroza de Blancanieves y otros, simplemente, se marean y se bajan en plena atracción, jodiendo a los demás y haciendo que se detenga el alegre movimiento.
Algo así pasó con este niño -que nunca hombre-. Se montó en un tiovivo en marcha, le quitó la carroza de Blancanieves a nuestra Memole y encima luego se mareó en plena marcha.
Lo que pasa es que cuando te bajas del tiovivo dejas una plaza libre y entonces la atracción empieza de nuevo a girar y dar vueltas... Y ahora Memole está sentada en otro juguete, es un vehículo todoterreno con luces y sonidos, Gps, Ordenador de a bordo, airbag... que deja a la carroza de Blancanieves arcaica y obsoleta.
POr ende:
Busca, compara y si encuentras algo mejor...
Te queremos Memo.

Majo: Efectivamente, Madu tenía razón. Ya lo has visto. Y por cierto, me encanta tu artículo.Cada día te superas!!!Olé la rubita dinamita!!

La pequeña Memole said...

Ya te lo dije Majo... se casa con otra que en su día dijo ser mi amiga...
Hoy, cuando mi cielo vuelve a ser azul, como tus besos marineros, ya miro hacia otro lado con alguien especial que me ha hecho sentir persona, y que, como vosotras, ha pintado mi vida de mil colores.
Gracias a ti Majo, a Deke, a Libertanguera, a Uba y a Chus, por guardar vuestros tonos pasteles tantas veces... sólo para mí.

Esteban said...

Ojos verdes como las rocas volcánicas que al abrirlas se parten en infinitas selvas amazónicas. Ojos verdes como la vegetación que puebla, recién despertado el día, los estanques de Central Park. Un manto de musgo acuático, inmóvil como la espera, sobre el agua leve como una caricia, brillante como el sol atravesando una lluvia de clorofila. Ojos verdes que nunca se han de ver. Perdidos en los sueños que nunca se han de conocer.